Cómo poner en práctica las decisiones curriculares.
Dianne L. Ferguson y Lysa A. Jeanchild
Antiguamente
se pensaba las personas llamadas “diferentes” debían educarse en instituciones
especiales. Actualmente se entiende que todos y todas somos de alguna forma
“diferentes”. Para fines del texto se considera que un niño o una niña puede
educarse en cualquier establecimiento educacional cercano a su hogar.
A
partir de esto es que surge la pregunta de cómo educar a todos y todas. El
autor propone dos elementos importantes: los resultados de la “enseñanza” y el
“proceso de enseñar”. Estos considerando las opciones para implementar el
currículo que se pueden clasificar en: materiales, diseño de la clase, lugar e
interacciones en el aprendizaje.
En
cuanto a los resultados del aprendizaje se señala que, en ocasiones, las
mediciones tradicionales del aprendizaje pueden oscurecer la emergencia del
aprendizaje mismo. Por lo que es relevante tener en cuenta que “(…) todo lo que
aprendan debe serviles para ser miembros activos de sus comunidades
respectivas”. (Ferguson y Jeanchild, 1999, p.184).
Respecto
al proceso de enseñanza se señala que podría pasar que los y las estudiantes
entreguen la respuesta correcta sin comprender por qué éstas lo son. La idea
del proceso de aprendizaje es que los y las estudiantes puedan comprender el
significado de lo que están aprendiendo y que puedan relacionarlos con otras
vivencias, de manera que no necesiten de un o una docente que se los indique.
Algunos
recursos que podrían ser de ayuda para los y las docentes en su labor y que
serían requisitos para enseñar son las “claves naturales” (que los y las
estudiantes puedan aplicar el aprendizaje a contextos naturales), “establecer
el ambiente de aprendizaje” (planificar previamente la clase y la forma en que
ésta se llevará a cabo), “ayuda individual” (considerar el tipo y la magnitud
de ayuda que necesitará cada estudiante), “motivación del alumno” (conocer qué
cosas motivan a los y las jóvenes), “mantener un ambiente de aprendizaje
positivo” (ambiente cálido que fomente la colaboración y que mantenga en
equilibrio los refuerzos y las correcciones), y la “evaluación individual y
ajustes sobre la marchas” (conocer y comprender el proceso de aprendizaje de
cada niño o niña y hacer un balance entre las ayudas entregadas y las
oportunidades de los y las estudiantes de poner en práctica su aprendizaje).
En
cuanto a los aspectos en que la enseñanza debe ser diferenciada, se señala que si
bien la enseñanza debe ser para todos y todas, ésta se debe ajustar a las
necesidades y a las habilidades de cada estudiante. En este punto es
recomendable considerar que las ayudas que los niños y niñas necesitan varían
en el tiempo y según la tarea en la que éste esté enfocado. Por otra parte, se
hace énfasis en la enseñanza diferenciada respecto al “proyecto curricular
individual”. Todos y todas podrían cumplirlo, pero de tres principales formas:
“Muchos
alumnos adquirirán casi toda la información y las destrezas contenidas en este
currículo (…) otros alumnos, en menos medida quizá sólo adquirirán la
información y las destrezas mínimas si los maestros les prestan mucha atención
y están bien reparados (…) Algunos necesitan mucho tiempo para aprender; otros
necesitan distintos tipos de apoyo”. (Ferguson y Jeanchild, 1999, p.186).
Con
esto se apunta a la diferenciación en la forma en que se lleva a cabo la
enseñanza (el cómo), más que en el contenido mismo de la educación.
Es
así que los profesores y las profesoras se enfrentan a cursos heterogéneos de
niños y niñas con distintos intereses y necesidades de apoyo. En el aula se
pueden presentar grupo homogéneos y grupos heterogéneos. En el último caso, “El fin supremo de la
enseñanza en grupo heterogéneo consiste en utilizar las diferencias entre los
alumnos para reforzar el aprendizaje de cada uno dentro del grupo” (Ferguson y
Jeanchild, 1999, p.191). En cuanto al grupo heterogéneo se describen
tres “reglas” que podrían facilitar el trabajo con este grupo en particular.
La
primera de ellas es “maximizar la variedad de alumnos”. El hecho de agrupar a
estudiantes con distintas características en sí no constituye ninguna
diferencia. El punto central a considerar es cómo se distribuyen los grupos y
cómo se planifica el aprendizaje dentro de ellos. La idea es equilibrar las
capacidades o características de cada persona y las dificultades que los y las
estudiantes tengan en distintos ámbitos, generando un grupo diverso.
La
segunda regla es “maximizar la interdependencia positiva”. Si bien se espera
que los y las estudiantes aprendan ciertos contenidos, también el aprendizaje
se debe enfocar en el desarrollo de habilidades. En este caso, se espera que
los niños y las niñas aprendan a trabajar en grupo de manera colaborativa,
estableciendo objetivos comunes. De manera que él o la docente debe planificar
las actividades en función de que los y las estudiantes aprendan a depender de
sus compañeros y compañeras, puedan ayudarse mutuamente y todos y todas sean
necesarios.
La
tercera regla es “maximizar los logros individuales”. Si bien se destaca la
importancia de aprendizaje social que podría brindar la educación formal, es
igualmente relevante el aprendizaje individual que les permita participar
activamente en actividades nos sólo dentro de la escuela, sino también en otros
contextos.
En
conclusión, los niños y las niñas “diferentes” han sido educados separados del
resto de sus compañeros y compañeras. Actualmente, se entiende que los
objetivos que tiene la educación son los mismos para todos y todas. La diferencia
está en el cómo se utilizan esos contenidos, de manera que los y las docentes
pueden acomodar esos contenidos para ser enseñados de acuerdo a las necesidades
de cada estudiante.
Las
diferencias entre los y las estudiantes no sólo son necesarias dentro del
contexto educativo, sino que además pueden ser usados como un reforzador de la
enseñanza.
Referencias
Ferguson,
D. y Jeanchild, L. (1999). Cómo poner en práctica las decisiones curriculares.
En S. Stainback y W. Stainback, Aulas
inclusivas: Un nuevo modo de enfocar y vivir el currículo (pp. 179-194). Madrid:
Narcea.
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